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“He aquí, yo hago nuevas todas las cosas... estas palabras son fieles y verdaderas.

 por Hector Mondragon

 

 

Que Dios bendiga a todas y todos en este año nuevo.

 

¿Qué nos dice la Escritura sobre lo nuevo? Me voy a referir a este tema:  Cómo Dios hace todas las cosas nuevas, no sólo algunas cosas, sino TODAS,  y finalmente, me referiré al año de gracia del Señor.

 

Dice Apocalipsis 21: 1-5

 

Luego vi un cielo nuevo, y una tierra nueva; porque el primer cielo y la primera tierra se fueron, y el mar ya no es. Y yo Juan vi la santa Ciudad, Jerusalén la nueva, que descendía del cielo, junto a Dios, adornada como la esposa ataviada para su marido. Y oí una gran voz del cielo que decía: He aquí el campamento de Dios con los hombres, y morará con ellos; y ellos serán su pueblo, y Él con ellos será su Dios. Y limpiará Dios toda lágrima de los ojos de ellos; y la muerte no será más; y no habrá más llanto, ni clamor, ni dolor, porque las primeras cosas han pasado. Entonces el que estaba sentado en el trono dijo: He aquí, yo hago nuevas todas las cosas. Y añadió: Escribe; porque estas palabras son fieles y verdaderas. Me dijo también: Hecho es. Yo Soy la A y la Zeta, el principio y el fin. Al que tuviere sed, yo le daré gratuitamente de la fuente del agua de vida. El que venciere, recibirá todas las cosas por herencia; y yo seré su Dios, y él será mi hijo. Pero para los cobardes, incrédulos,   abominables, homicidas,  fornicarios, hechiceros,  idólatras, y para todos los mentirosos, su parte estará en el lago ardiendo de fuego y de azufre, que es la muerte segunda.

 

Todas las cosas serán nuevas, hasta el cielo será nuevo, porque ya no estará separado de la tierra, sino que Dios mismo acampará en la tierra con los humanos.

 

La promesa de un cielo y una tierra nueva la había hecho Dios ya en el Antiguo Testamento, en Isaías 65:17:

 

He aquí que Yo creo cielo nuevo y tierra nueva y no serán mencionados ni recordados los primeros, mas gozaos y regocijaos por siempre por las cosas que crearé”.

 

Dios prometió que su pueblo disfrutará del trabajo de sus manos... lobo y cordero pacerán juntos, el león comerá heno como el buey y la serpiente se alimentará de polvo, no harán más daño ni perjuicio en mi santo monte (Isaías 65: 22-25).

 

Ahora y el futuro

 

Acaso ¿cuándo comenzará esa nueva creación de todas las cosas? La Escritura nos dice que ya comenzó:

 

Si alguno está en Cristo, nueva creación es; las cosas viejas pasaron, he aquí que han sido hechas nuevas. (2 Corintios 17)

No hay duda, la nueva creación ya se inició, ha sido puesto el cimiento, la piedra angular el mismo Cristo Jesús en quien todo el edificio, bien armado, va creciendo hasta ser un Templo santo en el Señor (Efesios 2: 21-22). La vida futura ya comenzó y debería comenzar para todos.

 

Todo esto procede de Dios, quien nos reconcilió consigo mismo por medio de Cristo, y nos dio el ministerio de la reconciliación; porque Dios estaba en Cristo reconciliando consigo al mundo, no tomando en cuenta sus pecados, y poniendo nosotros la palabra de la reconciliación. Por tanto, somos embajadores de Cristo, como si Dios exhortara por medio de nosotros; en nombre de Cristo os rogamos: ¡Reconciliaos con Dios!  (2  Corintios 5: 18-20)

 

La nueva creación significa una gigantesca reconciliación, que abarca todo. No solamente se enemistaron con Dios las personas y la sociedad, sino que la “embarrada” de los humanos afectó a toda la creación y sus relaciones con el Creador; porque como dice Romanos 8:20 la creación fue sometida a vanidad y por eso anhela ardientemente la revelación de los hijos de Dios para ser liberada de la servidumbre de la corrupción. La tierra ha sido viciada por el pecado de los humanos (Génesis 6:12), pero Cristo significa la reconciliación del universo con Dios.

 

La reconciliación con Dios significa desde luego y especialmente también, la reconciliación entre los humanos, somos uno, en Cristo y ello significa el final de la discriminación por origen nacional, social o de género (Gálatas 2:28), la paz en la sociedad y entre los pueblos:

 

Ahora en Cristo Jesús, vosotros, que en otro tiempo estabais lejos, habéis sido acercados por la sangre de Cristo. Porque él es nuestra paz, el que de dos hizo uno, derribando el muro intermedio de división, la enemistad, aboliendo en su carne la ley de los mandamientos expresados en preceptos, para crear, en sí mismo, de los dos un solo hombre nuevo, estableciendo así la paz, y para reconciliar con Dios a ambos en un solo cuerpo, por medio de la cruz, habiendo dado muerte en ella a la enemistad. Vino anunciando la paz a vosotros que estabais lejos, y paz a los que estaban cerca; porque por medio de él los unos y los otros tenemos nuestra entrada al Padre en un mismo Espíritu. Así pues, ya no sois extranjeros ni forasteros, sino que sois conciudadanos de los santos y familiares de Dios. (Efesios 2: 13-19)

 

La nueva creación significa el hombre nuevo, la mujer nueva, tiene resultados palpables de reconciliación entre las personas y repercute en toda nuestra vida personal y social:

 

Esto pues digo y testifico en el Señor: que ya no viváis así como viven también las naciones, en la vanidad de su mente, con el entendimiento sumergido en las tinieblas, excluidos de la vida de Dios por causa de la ignorancia que hay en ellos, por la dureza de su corazón; habiendo ellos llegado a ser insensibles, se dedicaron al placer, para practicar con desenfreno toda clase de impureza y de avaricia. Pero vosotros no habéis aprendido así a Cristo; si en verdad lo habéis oído y habéis sido enseñados en él, conforme a la verdad de Jesús. En cuanto a vuestra anterior forma de vida, despojaos del hombre viejo, que se corrompe según los deseos engañosos, renovaos en el espíritu de vuestra mente, y vestíos del hombre nuevo, creado a semejanza de Dios, en la justicia y santidad de la verdad. (Efesios 4:17-24)

 

Hombre nuevo, mujer nueva, forma de vida nueva. El cambio en la vida cotidiana es un fruto de la nueva creación. Aceptar a Cristo no es simplemente decir “¡Señor, Señor! Te acepto como mi salvador personal! o predicar, o hasta hacer milagros, sino cambiar de vida, hacer la voluntad de Dios (Mateo 7:21-23). Podemos como un reto, como una especie de test, fijar en una pared de la casa este texto de Efesios 4:25 – 5:11 y preguntarnos cada día qué tanto hemos desechado el egoísmo y si somos una persona nueva, nueva creación, que vive en el amor:

 

Por lo tanto, desechando la mentira, hablad verdad cada cual con su prójimo, porque somos miembros los unos de los otros. Airaos, pero no pequéis ; no se ponga el sol sobre vuestro enojo, ni deis oportunidad al diablo. El que roba, no robe más, sino más bien que trabaje, haciendo con sus manos lo que es bueno, para que tenga qué compartir con el que tiene necesidad. No salga de vuestra boca ninguna palabra corrompida, sino la que sea buena para edificación, para que dé gracia a los oyentes. No entristezcáis al Espíritu Santo de Dios, por el cual fuisteis sellados para el día de la redención. Toda amargura, enojo, ira, gritos, maledicencia, así como toda malicia, desparezca de entre vosotros. Sed más bien benignos unos con otros, misericordiosos, perdonándoos unos a otros, así como también Dios os perdonó en Cristo. Sed, pues, imitadores de Dios como hijos amados; y vivid en el amor, así como también Cristo nos amó y se entregó a sí mismo por nosotros, ofrenda y sacrificio a Dios de fragante aroma. La fornicación, toda impureza o avaricia, ni siquiera se mencionen entre vosotros, como corresponde a los santos; ni obscenidades, ni necedades, ni groserías, que no convienen, sino más bien acciones de gracias. Porque con certeza sabéis esto: que ningún fornicario, inmoral, o avaro (que es un idólatra), tiene herencia en el reino de Cristo y de Dios. Que nadie os engañe con palabras vanas, pues por causa de estas cosas la ira de Dios viene sobre los hijos de desobediencia. Por tanto, no seáis partícipes con ellos; porque antes erais tinieblas, pero ahora sois luz en el Señor; andad como hijos de luz, porque el fruto de la luz consiste en toda bondad, justicia y verdad. Examinando qué es lo que agrada al Señor y no participéis en las obras estériles de las tinieblas, sino más bien, denunciadlas.

 

Nuestras relaciones con las demás personas en la familia, en el barrio, en el trabajo, son un testimonio de Cristo en nosotros. Decir que somos cristianos cuando no cambiamos de forma de vida es un terrible pecado, un falso testimonio sobre la presencia de Dios en nosotros, por cuya causa el nombre de Dios es blasfemado entre las naciones (Romanos 2:24, Isaías 52:5). Si nuestro familiar no cristiano siente de parte de su familiar cristiano un tratamiento de ira o de odio o de falta de solidaridad; si nuestros vecinos no cristianos oyen los gritos de nuestras peleas domésticas ¿qué creen que pensarán de Cristo?  Y si estas cosas de la vida familiar, qué no diremos de las relaciones sociales, del efecto demoledor de un “cristiano” avaro (que como dice Pablo es un cristiano idólatra). O de un gobierno cristiano” que hace la guerra a los demás países e inventa mentiras para llevar a su país a la guerra. O de “cristianos” que bendicen la avaricia de quienes quieren acumular capital o tierras o que bendicen la violencia o las “soluciones” violentas. Cristianos así son un obstáculo tremendo para la Palabra y el Reino de Dios, ni entran y a quienes quieren entrar se lo impiden.

 

Jesús, por el contrario, desde el comienzo de su misión testificó como la nueva creación significa un cambio de las relaciones sociales:

 

Llegó a Nazaret, donde se había criado, y según su costumbre, entró en la sinagoga el día de reposo, y se levantó a leer. Le dieron el libro del profeta Isaías, y abriendo el libro, halló el lugar donde estaba escrito: "El Espíritu del Señor está sobre mí, por cuanto me ha ungido para anunciar la Buena Noticia a los pobres; me ha enviado para sanar a los quebrantados de corazón; para pregonar la libertad de los cautivos y la vista a los ciegos; para liberar a los oprimidos; para proclamar el año agradable del Señor”.  Cerrando el libro, lo devolvió al asistente y se sentó; y los ojos de todos en la sinagoga estaban fijos en él. Comenzó a decirles: “Hoy se ha cumplido esta Escritura que habéis oído. (Lucas 4: 16-21)

 

Es raro que los pobres reciban una buena noticia. Y “buena noticia”  es lo que significa la palabra “Evangelio” (del griego ευαγγελιον : euaggelion).  ¿En qué consistía la buena noticia? En que se anunciaba la sanación de los tristes, de los ciegos, la salud para los pobres, la liberación de los oprimidos por todos los poderes mundanos, la libertad de los cautivos, entre los cuales estaban los esclavos y especialmente en la proclamación del “año de gracia del Señor”, es decir, del Jubileo.

 

Originalmente el Jubileo era una institución del Antiguo Testamento, decretado en el Levítico (25: 8-55) cada siete semanas de años o siete veces siete años se declaraba santo el año cincuenta y se proclamaba en la tierra liberación para todos sus habitantes.

 

La base del jubileo era el Año Sabático, que según la Ley debía cumplirse cada siete años y en el cual los acreedores perdonaban todas las deudas que los deudores no podían pagar (Deuteronomio 15: 1-4). La Ley exigía prestar al pobre para remediar sus necesidades sin dejar de hacerlo porque su deuda sería perdonada en el Año Sabático.  Jesús tenía muy presente esta disposición cuando enseñó a orar: “perdónanos nuestras deudas, así como nosotros perdonamos a nuestros deudores” (Mateo 6:12), única parte del Padre Nuestro que las iglesias abusivamente han decidido modificar para hablar únicamente del perdón de las ofensas, para dejar de referirse al perdón de las deudas materiales económicas, el cual implica unas relaciones nuevas, diferentes a las del sistema del mundo. Además en el mismo año debían quedar libres los esclavos hebreos de amos hebreos con un regalo para su sustento y sin que se haga duro el dejarles en libertad (Deuteronomio 15:12-18) y debía dejarse descansar completamente la tierra (Levítico 25: 2-7), lo cual implicaba unas relaciones diferentes con la naturaleza, una decisión de no agotar los recursos renovables, actitud contrapuesta al saqueo inmediatista de la naturaleza para enriquecer transitoriamente a alguien.

 

El Jubileo era un Año Sabático de Años Sabáticos y además de todo lo que uno de ellos implicaba, conllevaba que cada cual recobraba su propiedad (Levítico 25:13) y en particular su tierra, que no puede comprarse ni venderse para siempre (Levítico 25:23). Ocurría una reforma agraria que evitaba la concentración de la propiedad. Es decir lo contrario de lo que ocurre en Colombia donde tres millones de personas han sido desplazadas de sus tierras en los últimos 20 años y dos millones fueron desplazadas entre 1946 y 1958.

 

Se entiende que el Jubileo significa una buena noticia para los pobres, porque son ellos los que no pueden pagar las deudas, los que aceptan un trabajo como esclavos para no morir de hambre, los que han perdido sus parcelas.

 

Jesús proclama el año de gracia del Señor, lo que significa unas nuevas relaciones socioeconómicas a favor de los pobres: si tu hermano se empobrece lo tomarás como huésped, para que junto a ti pueda vivir; no le cobrarás intereses... (Levítico 25:35-37). Pero hay una diferencia entre el año de gracia que proclama Jesús y el del Antiguo Testamento: ya no se trata de un precepto legal que se cumple cada 50 años. No se trata ya de la letra y los números de la antigua Ley, sino del espíritu de amor de la nueva creación que incluye unas nuevas relaciones socioeconómicas de amor  y Jesús dice que  esto se cumple hoy, desde hace cerca de dos mil años.

 

Podemos saber cómo los primeros cristianos respondieron a este llamado:

 

Pedro con otras muchas palabras testificaba y los exhortaba, diciendo: ¡Salvaos de esta generación perversa!  Así que los que acogieron su palabra, fueron bautizados; y se unieron a ellos aquel día como tres mil personas: Perseveraban en la enseñanza de los apóstoles, en la comunión, en el partimiento del pan, y en las oraciones. Toda persona tenía temor; pues muchos prodigios y señales eran hechas por los apóstoles. Todos los que creían vivían unidos; y tenían todas las cosas en común; vendían sus posesiones, y sus propiedades, y repartían a todos, según la necesidad de cada uno. Perseveraban unánimes cada día en el Templo, y partían el pan en las casas, comían juntos con alegría y con sencillez de corazón; alababan a Dios, y gozaban de la simpatía de todo el pueblo. Y el Señor añadía cada día a la comunidad a los que habían de ser salvos. (Hechos 2: 40-47)

 

Las personas nuevas no se salvan solamente del infierno ni se salvan solamente en la vida futura. El llamado es “¡Salvaos de esta generación perversa! “. La salvación comienza ahora y nos salvamos en primer lugar del actual sistema perverso. Así los cristianos de Jerusalén hace casi dos mil años entendieron la salvación y la vivieron en una comunidad alternativa a la forma de vivir de entonces, donde el amor producía la unión espiritual, la oración común, la comunión, la comunidad de bienes materiales, la distribución según la necesidad de cada uno y el compartir de los alimentos. Ellos dieron un testimonio vivo de la nueva creación, con una comunidad nueva, con una espiritualidad nueva y unas nuevas relaciones sociales.

 

El testimonio de los primeros cristianos incluyó frecuentemente el martirio. Al fin y al cabo todos los que quieran vivir piadosamente en Cristo Jesús sufrirán persecuciones (2 Timoteo 3: 12) A veces se preguntaban cuándo desparecería definitivamente el mal y sería desalojado definitivamente por el nuevo cielo y la nueva tierra. La segunda carta de Pedro responde:

 

No ignoréis una cosa: y es que un día delante del Señor es como mil años y mil años son como un día. No se retrasa el Señor en el cumplimiento de su promesa, como algunos lo suponen; si no que es paciente con nosotros, no queriendo que ninguno se pierda, sino que todos procedan al arrepentimiento. (2 Pedro 3: 8-9)

 

Cristo murió por la salvación de mucho y Dios quiere dar este regalo a más y más. Nosotros mismos somos beneficiarios de la paciencia de Dios. Recordemos el caso de Saulo perseguidor, convertido por el testimonio de quienes perseguía en Pablo apóstol (Hechos 9: 3-22) Muchos Pablos se convertirán en personas nuevas por nuestro testimonio:

 

Vi debajo del altar las almas de los decapitados por causa de la palabra de Dios y por el testimonio que mantenían.  Clamaban en voz alta diciendo: “¿Hasta cuándo, Señor Santo y Verdadero no juzgas y vengas nuestra sangre de los que habitan en la tierra? Entonces les fue dado a cada uno un vestido blanco, y les fue dicho que esperasen todavía un poco de tiempo, hasta que se completaran sus consiervos y sus hermanos, que también habían de ser muertos como ellos.  (Apocalipsis 6: 9-11)

 

Son palabras duras, pero claras. Muchos faltan por salvarse y nuestro papel no es exigir un pronto final sino dar testimonio para la salvación de muchos, esperando y apresurando la venida del día de Dios ya que esperamos nuevo cielo y nueva tierra en los que habite la justicia (2 Pedro 3: 12,13) Así como Jesús dio su vida por nosotros, debemos dar la vida por los hermanos (1 Juan 3:16)

 

El Señor Jesús, la noche en que fue entregado, tomo pan, después de dar gracias lo partió y dijo: “Este es mi cuerpo que se da por vosotros, haced lo mismo en recuerdo mío”. Así mismo tomó también la copa después de haber cenado, diciendo: “Esta copa es la Nueva Alianza en mi sangre: haced lo mismo todas las veces que la bebiereis, en memoria  mía. (1 Corintios 11: 23-25)

 

Sepamos bien que todas y todos aquellos que ya hacen parte de la nueva creación como hombres nuevos o mujeres nuevas, que edifican sobre los cimientos del amor nuevas relaciones humanas, que construyen una nueva sociedad y dan testimonio de la nueva espiritualidad, sepamos bien que nosotros somos el cuerpo de Cristo, como bien dice Pablo en 1 Corintios 12:27 y estamos en comunión no sólo con nuestra comunidad o congregación o iglesia, sino con todas las personas y comunidades nuevas, incluidas tanto todas las que en el futuro se salvarán “de esta generación perversa” y todas aquellas personas nuevas que murieron y que como Jesús y sus discípulos partieron el pan del cuerpo de Cristo y bebieron la copa de la Nueva Alianza sellada en la cruz y victoriosa desde la resurrección y hasta el definitivo establecimiento de un nuevo cielo y una nueva tierra. Con esa convicción de la común salvación vamos a tomar ahora la Santa Cena, a agradecer a Dios su amor  en Cristo y a proclamar con él, el año de gracia del Señor.

 

Héctor Mondragón

Teusaquillo, 7 de enero de 2007